domingo 9 de noviembre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.7)

“Aquí sólo están los mejores”, le habían dicho el primer día que puso sus pies en la Compañía. “En todo. Nuestra empresa se nutre de la élite de cualquier campo. Y usted sirve para tomar decisiones violentas, a priori dolorosas y dudosamente justas, pero absolutamente necesarias”. Todavía no sabía que el tablero en el que pondría y quitaría fichas se componía, nada más y nada menos, que de seres humanos. Después, ya nunca pudo olvidar el final de aquella frase: “… decisiones violentas, a priori dolorosas y dudosamente justas, pero absolutamente necesarias”.

Además de los habituales, la Compañía se divide en dos departamentos perfectamente diferenciados: Decisores y Ejecutores. Los primeros tienen una formación básicamente humanista; los segundos son del campo de la ingeniería, en cualquiera de sus variantes. La ejecución requiere de unas dimensiones infinítamente mayores que la decisión y, sin embargo, esta última es, en realidad, la actividad más esencial de todo el tinglado.

De hecho, un ejecutor, o un conjunto de ellos, reciben una orden colegiadamente adoptada y activan la maquinaria para que ésta se produzca efectivamente. Si quiere, el ingeniero ignora por completo el resultado de aquella operación: puede matar o salvar como si subsanara un complejo sistema de comunicación o diseñara la cola de un hidroavión.

El decisor, en cambio, debe enfrentarse cada día a un grupo de individuos seleccionados por un cuerpo superior del mismo departamento; reconocer su nombre y apellidos, indagar en su biografía, estudiar sus orígenes y reflexionar sobre su utilidad; para posteriormente, en la mayoría de los casos, elegir entre todos ellos al que ‘objetivamente’ es más prescindible. Una metáfora, estampada en sello, que no significa otra cosa que acabar con sus huesos en la caja de pino.

sábado 1 de noviembre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.6)

Nadie habría apostado por que detrás de aquel escueto umbral se asomara un mostrador igualmente sobrio que, no obstante, encerraba miríadas y miríadas de plantas en formación vertical –que algunos aventuraban infinita-, llenas de tecnología punta y personal puntero que la hacían funcionar sin descanso, para mayor gloria y beneficio de unos ignorados magnates empresariales o, según se quisiera ver, grandes benefactores completamente anónimos.

Lo de Compañía, en todo caso, es un eufemismo adoptado por todos y cada uno de los trabajadores de aquel emporio. En realidad, se trata de un centro de poder; eso sí, con una capacidad de decisión tan minuciosamente atomizada entre el ‘staff’ que es imposible que uno sólo de ellos llegue a percibir de forma aislada la importancia de cada una de las operaciones aritméticas realizadas, de cualquiera de los argumentos aprobados o de las innumerables actas firmadas que avalan cada medida finalmente ejecutada.

Una entidad sin competidores homólogos, esparcida por todos los rincones del mundo, con sucursales en los enclaves más relevantes, que ha conseguido, gracias al esmero de siglos, tejer la red internacional de operaciones más importante y mejor camuflada del planeta. ¿O es que acaso usted la conoce?

sábado 25 de octubre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.5)

Asomó 73 calles y unas seis estaciones más abajo; en el mismo lado este que siete decenas de arterias más arriba, aunque ahora en el corazón del archipiélago. Miraba intermitentemente al frente y abajo. No se trataba de un tic, le gustaba observar cómo los pies se comían enormes recuadros de asfalto mientras transitaba hacia el oeste, pero no podía permitirse dejar de controlar a la multitud que se avecinaba sin descanso en su ruta justo hacia el punto cardinal contrario.

Unos diez minutos le bastaban para alcanzar el imponente Edificio Pensilvania, que en cualquier otra metrópoli habrían sido al menos veinte. Sin embargo, en la Isla todo se contagiaba de una cierta velocidad vital, calmosa rapidez asumida por la totalidad de las cosas, desde la maquina más simple hasta el ser vivo más sofisticado.

De las múltiples entradas al inmueble multiusos, Julieta solía elegir sólo dos; y, durante mucho tiempo, al entrar por cualquier de ellas se perdía en el itinerario hacia la Compañía. Daba igual cuál eligiera porque siempre se confundía de la misma manera y acababa en el mismo punto, teniendo que desandar el camino como única salida. De tal modo, que aprendió antes a retroceder de nuevo hasta cualquiera de las dos puertas de acceso que a llegar directamente a su lugar de trabajo sin tener que representar primero aquel absurdo ritual laberíntico.

miércoles 22 de octubre de 2008

El CRITERIO HABITUAL (I.4)

Aquella mañana, después del aviso mortuorio, se deslizó ligera sobre los escasos peldaños que separaban su piso de la calle, traspasó el arco donde tiempo atrás habitó una puerta de madera, recogió el picaporte de la otra exterior de metal y empujó hacia fuera. Ya en el exterior, se dejó resbalar por el último tramo de escaleras y llegó a la acera.

Giró la cabeza, descendió con los ojos hasta el río a través de las múltiples avenidas y miró el puente gris sobre el agua plata; pero torció a la derecha, caminó unos metros, cruzó hasta el otro lado y se perdió en la maraña de cemento y ladrillo, aderezada con todas esas gentes de muecas somnolientas que terminaban arremolinadas tres calles más abajo, en la 96 con Lexington, y desaparecían en su viaje hacia el centro de la Tierra, y de la Isla.

sábado 18 de octubre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.3)

- El domingo me muero.

- Pero, mujer ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal?

- No, pero el domingo me muero. Vengo del notario porque el domingo me muero.

Era miércoles, restaban cuatro días para el domingo en el que la Doña, la vecina, se moría.

- Doña, anda. ¿Necesita algo? ¿Quiere que le traiga algo?

- Resérvate un ratito este domingo. Para el tanatorio, no vaya a ser que venga poca gente.

No era el primer domingo que la Doña se moría. De cuando en cuando, esa mujer de cuerpo redondo, cara redonda, ojos redondos y hasta sonrisa redonda, que ocupaba el apartamento de enfrente, anunciaba que se moría. Julieta, no sabía muy bien por qué, en otra ocasión en la que la Doña se moría, acompañó a su hija, igualmente redonda, a consultar a un psiquiatra.

- ¿Y usted cree que el domingo se morirá? –preguntó el loquero.

- Pues, la verdad, creo que no.- respondió la hija redonda.

- ¿Y cree que si no se muere se suicidará? – inquirió de nuevo.

- Pues, la verdad es que tampoco.

Y ahí acabó todo. Desde entonces, el domingo que la Doña iba a morirse Julieta dejaba escapar todo el día y a eso de las nueve de la noche golpeaba con los nudillos la puerta frente a la suya. Al abrirse y asomar la Doña, exclamaba:

- Pero ve ¡No se ha muerto!

- Me habré equivocado de domingo – decía indolente. Y ya no anunciaba que se moría hasta unos meses más tarde.

martes 14 de octubre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.2)

Julieta tiene el pelo rizado anaranjado y los ojos verde aceituna. Es zurda y cree que afuera siempre llueve, pero eso no es del todo cierto. Una impresión así no se le puede arrancar a alguien de cualquier manera. Julieta ronda la treintena, quizá la supera, y es extranjera. Tiene algunas pecas decorando su nariz, graciosa, y un lunar coronando su pecho. En el izquierdo, a la izquierda, sobre el pezón marrón pequeño que culmina un cuerpecillo bien hecho, correcto, de mediana estatura y aire esbelto. Le gusta observar la estación de autobuses en la acera de enfrente, a través de la ventana, con las manos atrapando los barrotes, cuando algo le preocupa.

Julieta se había mudado hacía algún tiempo a un primer piso en la zona norte de la isla; pasillo largo que hace las veces de dormitorio, salón y cocina, con baño al fondo, paredes azul marejada y ventana a la avenida. Las rejas móviles van a parar a la escalera de emergencia, un balcón improvisado en noches de juerga y pena, y espacio de múltiples humos donde el verde de alguna planta carece de todo sentido. En el interior aún respiran otros tres ventanucos que asoman a un patio interno, cuadrado oscuro al que es mejor no asomarse. Es el apartamento 2D del 153 Este, en la calle 99, esquina con Lexington.

jueves 9 de octubre de 2008

EL CRITERIO HABITUAL (I.1)


“En esta ciudad acostumbra el agua a empapar prendas, piel, carne y huesos, porque en esta ciudad toda superficie acostumbra a ser permeable. La lluvia habitúa a caer horizontal, a caer constante y sin más. No el frío, la humedad acompaña todos los escenarios. El cielo plomo los ha hecho grises o más grises; los ha “desestrellado” por la noche. Perdón, les ha robado las estrellas. Las escenas están desteñidas; los colores se van por las alcantarillas con la riada de todos los días.

Hay un sonido constante, una banda sonora perpetua de gotas que chocan, contra el asfalto no, contra los muros de los edificios blanquinegros, como miles de millones de dardos incrustándose en dianas. Cientos de ellas se clavan arrítmicas en las ropas mojadas, en las caras contraídas, hasta los dedos entrelazados sobre los absurdos paraguas que no consiguen detener nada.

El viento también se pasea entre las calles más estrechas y las avenidas amplias; se cuela por los curtidos tímpanos, tan hechos ya a los silbidos del aire. Abanica las ramas de los árboles y algunas de las hojas que les restan y algunos de los animales que las habitan. Añade sonidos de ambiente, a veces más fuertes cuando se entromete a través de las ventanas mal cerradas de algunas de las casas mal construidas.

Unidos ambos, lluvia y viento, se acarician, se acompañan para enmarcar todos los cuadros; inevitables en todos los espacios. Así recorren desde el lugar más alto hasta el terreno más profundo.

En esta ciudad, nunca conocí a nadie que no fuese desgraciado. Y nunca conocí a nadie que no se haya quedado”.